No recuerdo cuántos burócratas tiene el gobierno del estado, pero me queda claro que son muchos y que el salario de cada trabajador forma parte del ingreso familiar. Ante la crisis de liquidez los expertos financieros de esta autoridad tomaron la decisión de otorgar vacaciones sin goce de sueldo a los burócratas, una medida que afectará al trabajador y también a sus dependientes.
Las vacaciones forzadas debilitan la economía familiar pero también el estado de ánimo. El comportamiento de la clase política desconcierta por los contrastes. Por un lado ofrece un ambiente de calidez laboral y, en el mismo nivel de gobierno, se amenaza con correr a los trabajadores que no acepten la medida.
La sangría económica no es lo único. También es la sensación de que no se agotaron otras opciones; preocupa que la afectación no parezca tener destino claro y que la forma de imponer la medida sea un exceso de autoridad. Dejo los huecos legales a los abogados laboristas.
La medida parece inevitable y genera incertidumbre porque si no cumple con la meta esperada, lo que sigue es la reducción de la planta productiva. El argumento para proteger la planta laboral es fuerte, pero la forma de hacerlo deja muchas dudas.
Si crece la incertidumbre laboral puede dar lugar a al efecto de bola de nieve. Puede convertirse en un ejemplo para otras empresas y se agregaría como un valor negativo al pesimismo generado por la inseguridad pública y la pérdida del poder adquisitivo; incrementaría la desconfianza ya existente con clase política y generaría enojo; reduciría el compromiso laboral y por tanto la productividad. Nadie quiere vivir en una sociedad así.
El problema de fondo no es la falta de solidaridad con una causa. Suspender parcialmente el trabajo para garantizar permanencia laboral no parece del todo malo. El inconveniente radica en que la medida es unilateral, no garantiza el final del problema, pone en claro la fragilidad del sindicalismo, y además parece el principio de algo peor.
Alentar incertidumbres no es gobernar. Congeniemos con Enrique Tierno Galván cuando dice que El poder es como un explosivo: o se maneja con cuidado, o estalla.
viernes, 21 de agosto de 2009
jueves, 6 de agosto de 2009
Peter Greenaway en Guanajuato.
En días pasados la ciudad de Guanajuato fue la sede de Festival de cine Expresión en corto. Asistí por con la curiosidad de conocer al cineasta Galés Peter Greenaway, admirador de Bergman y Pasolini, creador de la única película que he visto de él conocida en español como El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante.
Me interesaba sobre todo ver y escuchar al hombre que más ha insistido en que el cine se debe reinventar. Esta obsesión por ver de otro modo lo mismo me inquietaba porque en mi condición de aficionado neófito del séptimo arte apenas aprendo y me emociono con el abc del principiante, cuando este señor me sale con que el cine debe transformarse de forma radical. Yo tenía que ver y tenía que escuchar las razones para desmoronar esa tradición tan cercana a todos.
El común denominador de esta experiencia fue la sorpresa. La primera fue casi obvia. El célebre director de El contrato del dibujante, El vientre del arquitecto y Los libros de próspero., cobraba 300 pesos por ver un VJ Perfomance con la película Las maletas de Tulse Luper. Este trago amargo perdió algo de su efecto cuando vi el escenario. Era una terraza aledaña a la Alhóndiga de Granaditas con una zona VIP y seis pantallas dispuestas en forma de medio círculo. El espectáculo era muy citadino y de primer mundo.
Pero nada es perfecto. Luego de una larga espera en la fila de estudiantes de cine, mujeres extravagantes y extranjeros solamente pudimos entrar a la zona popular con cerveza aderezada con hielos. El vino tinto, los quesos y canapés, el wisky y el cognac se quedaron en la zona de privilegio exclusiva para actores, conferencistas y la burocracia organizadora de estos casos.
Seguramente había más de algún influyente. El sello distintivo de la VIP era el glamour de la seda, el algodón y el lino en los cuellos de asistentes. No estoy acostumbrado a ver esto. La división descrita no existe en los congresos de Antropología, Historia y Sociología.
El momento estelar empezó con la llegada del director homenajeado en el Festival como un All Star. Rodeado de jóvenes que trataban de burlar el cordón de seguridad para verlo de cerca y tocarlo y, si se pudiera para arrancarle un autógrafo. En el sonido local una mujer pidió al público que se acercara a una pequeña plataforma central en la que estaban dos computadoras que Peter Greenaway manipularía durante en exhibición. La presentadora decía: acérquense más, a Peter le gusta que el público este cerca y que participe.
Un poco antes de iniciar el espectáculo, ya en la comodidad de mi asiento pedrusco, las pantallas se iluminaron al mismo tiempo que una música fuerte y estupefacta apareció en escena. Luego el Director subió al escenario entre aplausos. Hablo para decir que íbamos a ver una experiencia nueva y extraordinaria. Para entonces mee acomodé lo mejor que pude y empecé a ver como en las 6 pantallas cruzaba el título de la película con el fondo musical del estrés.
Empezó la exhibición. Las seis pantallas alternaban al mismo tiempo la primera, la segunda y la tercera toma. La primera imagen se repetía de forma caso obsesiva y la segunda pasaba de verse en una sola pantalla a dos y luego a tres. La tercera iniciaba con una imagen nueva mientras que la primera solamente quedaba en una pantalla. Esto se repitió durante una hora y más de 90 imágenes que contaban una historia sobre un coleccionista de maletas.
Mientras tanto Peter Greenaway manipulaba desde una computadora táctil el orden y la velocidad de las imágenes, y la música con buena calidad técnica parecía crecer de volumen sin perder el sentido y la intensidad terrorífica.
Terminé helado por el frío de la madrugada y por la experiencia. El ejemplo de reinvención del cine aun no lo digiero. El número de pantallas me confundió. La música me distrajo y me hizo enojar. Mi primera evaluación fue categórica. No vuelvo. Me quedo con el cine a la antiguita.
Ya más calmado debo hacer algunas concesiones relacionadas con la idea de que una actividad permanece cuando cambia. Tal vez soy difícil para alternar con el futuro anticipado. No sé. Les debo una futura reflexión sobre el tema.
Lo único claro es que Guanajuato con el cine en la calle al final de la función seguía con ese aire de gran ciudad.
Me interesaba sobre todo ver y escuchar al hombre que más ha insistido en que el cine se debe reinventar. Esta obsesión por ver de otro modo lo mismo me inquietaba porque en mi condición de aficionado neófito del séptimo arte apenas aprendo y me emociono con el abc del principiante, cuando este señor me sale con que el cine debe transformarse de forma radical. Yo tenía que ver y tenía que escuchar las razones para desmoronar esa tradición tan cercana a todos.
El común denominador de esta experiencia fue la sorpresa. La primera fue casi obvia. El célebre director de El contrato del dibujante, El vientre del arquitecto y Los libros de próspero., cobraba 300 pesos por ver un VJ Perfomance con la película Las maletas de Tulse Luper. Este trago amargo perdió algo de su efecto cuando vi el escenario. Era una terraza aledaña a la Alhóndiga de Granaditas con una zona VIP y seis pantallas dispuestas en forma de medio círculo. El espectáculo era muy citadino y de primer mundo.
Pero nada es perfecto. Luego de una larga espera en la fila de estudiantes de cine, mujeres extravagantes y extranjeros solamente pudimos entrar a la zona popular con cerveza aderezada con hielos. El vino tinto, los quesos y canapés, el wisky y el cognac se quedaron en la zona de privilegio exclusiva para actores, conferencistas y la burocracia organizadora de estos casos.
Seguramente había más de algún influyente. El sello distintivo de la VIP era el glamour de la seda, el algodón y el lino en los cuellos de asistentes. No estoy acostumbrado a ver esto. La división descrita no existe en los congresos de Antropología, Historia y Sociología.
El momento estelar empezó con la llegada del director homenajeado en el Festival como un All Star. Rodeado de jóvenes que trataban de burlar el cordón de seguridad para verlo de cerca y tocarlo y, si se pudiera para arrancarle un autógrafo. En el sonido local una mujer pidió al público que se acercara a una pequeña plataforma central en la que estaban dos computadoras que Peter Greenaway manipularía durante en exhibición. La presentadora decía: acérquense más, a Peter le gusta que el público este cerca y que participe.
Un poco antes de iniciar el espectáculo, ya en la comodidad de mi asiento pedrusco, las pantallas se iluminaron al mismo tiempo que una música fuerte y estupefacta apareció en escena. Luego el Director subió al escenario entre aplausos. Hablo para decir que íbamos a ver una experiencia nueva y extraordinaria. Para entonces mee acomodé lo mejor que pude y empecé a ver como en las 6 pantallas cruzaba el título de la película con el fondo musical del estrés.
Empezó la exhibición. Las seis pantallas alternaban al mismo tiempo la primera, la segunda y la tercera toma. La primera imagen se repetía de forma caso obsesiva y la segunda pasaba de verse en una sola pantalla a dos y luego a tres. La tercera iniciaba con una imagen nueva mientras que la primera solamente quedaba en una pantalla. Esto se repitió durante una hora y más de 90 imágenes que contaban una historia sobre un coleccionista de maletas.
Mientras tanto Peter Greenaway manipulaba desde una computadora táctil el orden y la velocidad de las imágenes, y la música con buena calidad técnica parecía crecer de volumen sin perder el sentido y la intensidad terrorífica.
Terminé helado por el frío de la madrugada y por la experiencia. El ejemplo de reinvención del cine aun no lo digiero. El número de pantallas me confundió. La música me distrajo y me hizo enojar. Mi primera evaluación fue categórica. No vuelvo. Me quedo con el cine a la antiguita.
Ya más calmado debo hacer algunas concesiones relacionadas con la idea de que una actividad permanece cuando cambia. Tal vez soy difícil para alternar con el futuro anticipado. No sé. Les debo una futura reflexión sobre el tema.
Lo único claro es que Guanajuato con el cine en la calle al final de la función seguía con ese aire de gran ciudad.
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